VIA CRUCIS
sábado, 14 de abril de 2012
MARIA GORETTI

Testigos de Fe
Santa María Goretti
María nació el 16 de octubre de 1890, en Corinaldo, provincia de Ancona, Italia. Hija de Luigi Goretti y Assunta Carlini, tercera de siete hijos de una familia pobre de bienes terrenales pero rica en fe y virtudes, cultivadas por medio de la oración en común, rosario todos los días y los domingos Misa y sagrada Comunión. Al día siguiente de su nacimiento fue bautizada y consagrada a la Virgen. A los seis años recibirá el sacramento de la Confirmación.
Después del nacimiento de su cuarto hijo, Luigi Goretti, por la dura crisis económica por la que atravesaba, decidió emigrar con su familia a las grandes llanuras de los campos romanos, todavía insalubres en aquella época.
Se instaló en Ferriere di Conca, poniéndose al servicio del conde Mazzoleni, es aquí donde María muestra claramente una inteligencia y una madurez precoces, donde no existía ninguna pizca de capricho, ni de desobediencia, ni de mentira. Es realmente el ángel de la familia.
Tras un año de trabajo agotador, Luigi contrajo una enfermedad fulminante, el paludismo, que lo llevó a la muerte después de padecer diez días. Como consecuencia de la muerte de Luigi, Assunta tuvo que trabajar dejando la casa a cargo de los hermanos mayores. María lloraba a menudo la muerte de su padre, y aprovecha cualquier ocasión para arrodillarse delante de su tumba, para elevar a Dios sus plegarias para que su padre goce de la gloria divina.
Junto a la labor de cuidar de sus hermanos menores, María seguía rezando y asistiendo a sus cursos de catecismo. Posteriormente, su madre contará que el rosario le resultaba necesario y, de hecho, lo llevaba siempre enrollado alrededor de la muñeca. Así como la contemplación del crucifijo, que fue para María una fuente donde se nutría de un intenso amor a Dios y de un profundo horror por el pecado.
Amor intenso al Señor
María desde muy chica anhelaba recibir la Sagrada Eucaristía. Según era costumbre en la época, debía esperar hasta los once años, pero un día le preguntó a su madre: -Mamá, ¿cuándo tomaré la Comunión?. Quiero a Jesús. -¿Cómo vas a tomarla, si no te sabes el catecismo? Además, no sabes leer, no tenemos dinero para comprarte el vestido, los zapatos y el velo, y no tenemos ni un momento libre. -¡Pues nunca podré tomar la Comunión, mamá! ¡Y yo no puedo estar sin Jesús! -Y, ¿qué quieres que haga? No puedo dejar que vayas a comulgar como una pequeña ignorante.
Ante estas condiciones, María se comenzó a preparar con la ayuda de una persona del lugar, y todo el pueblo la ayuda proporcionándole ropa de comunión. De esta manera, recibió la Eucaristía el 29 de mayo de 1902.
La comunión constante acrecienta en ella el amor por la pureza y la anima a tomar la resolución de conservar esa angélica virtud a toda costa. Un día, tras haber oído un intercambio de frases deshonestas entre un muchacho y una de sus compañeras, le dice con indignación a su madre: -Mamá, iqué mal habla esa niña! -Procura no tomar parte nunca en esas conversaciones. -No quiero ni pensarlo, mamá; antes que hacerlo, preferiría...Y la palabra morir queda entre sus labios. Un mes después, sucedería lo que ella sentenció.
Pureza eterna
Al entrar al servicio del conde Mazzoleni, Luigi Goretti se había asociado con Giovanni Serenelli y su hijo Alessandro. Las dos familias viven en apartamentos separados, pero la cocina es común. Luigi se arrepintió enseguida de aquella unión con Giovanni Serenelli, persona muy diferente de los suyos, bebedor y carente de discreción en sus palabras.
Después de la muerte de Luigi, Assunta y sus hijos habían caído bajo el yugo despótico de los Serenelli, María, que ha comprendido la situación, se esfuerza por apoyar a su madre: -Ánimo, mamá, no tengas miedo, que ya nos hacemos mayores. Basta con que el Señor nos conceda salud. La Providencia nos ayudará. ¡Lucharemos y seguiremos luchando!
Desde la muerte de su marido, Assunta siempre estuvó en el campo y ni siquiera tiene tiempo de ocuparse de la casa, ni de la instrucción religiosa de los más pequeños.
María se encarga de todo, en la medida de lo posible. Durante las comidas, no se sienta a la mesa hasta que no ha servido a todos, y para ella sirve las sobras. Su obsequiosidad se extiende igualmente a los Serenelli. Por su parte, Giovanni, cuya esposa había fallecido en el hospital psiquiátrico de Ancona, no se preocupa para nada de su hijo Alessandro, joven robusto de diecinueve años, grosero y vicioso, al que le gusta empapelar su habitación con imágenes obscenas y leer libros indecentes. En su lecho de muerte, Luigi Goretti había presentido el peligro que la compañía de los Serenelli representaba para sus hijos, y había repetido sin cesar a su esposa: -Assunta, regresa a Corinaldo! Por desgracia Assunta está endeudada y comprometida por un contrato de arrendamiento.
Después de tener mayor contacto con la familia Goretti, Alessandro comenzó a hacer proposiciones deshonestas a la inocente María, que en un principio no comprende.
Más tarde, al adivinar las intenciones perversas del muchacho, la joven está sobre aviso y rechaza la adulación y las amenazas. Suplica a su madre que no la deje sola en casa, pero no se atreve a explicarle claramente las causas de su pánico, pues Alessandro la ha amenazado: -Si le cuentas algo a tu madre, te mato. Su único recurso es la oración. La víspera de su muerte, María pide de nuevo llorando a su madre que no la deje sola, pero, al no recibir más explicaciones, ésta lo considera un capricho y no concede ninguna importancia a aquella reiterada súplica.
El 5 de julio, a unos cuarenta metros de la casa, están trillando las habas en la tierra. Alessandro lleva un carro arrastrado por bueyes. Lo hace girar una y otra vez sobre las habas extendidas en el suelo. Hacia las tres de la tarde, en el momento en que María se encuentra sola en casa, Alessandro dice:
-"Assunta, ¿quiere hacer el favor de llevar un momento los bueyes por mí?" Sin sospechar nada, la mujer lo hace. María, sentada en el umbral de la cocina, remienda una camisa que Alessandro le ha entregado después de comer, mientras vigila a su hermanita Teresina, que duerme a su lado.
-"¡María!, grita Alessandro. -¿Qué quieres? -Quiero que me sigas. -¿Para qué? -¡sígueme!
-Si no me dices lo que quieres, no te sigo".
Ante semejante resistencia, el muchacho la agarra violentamente del brazo y la arrastra hasta la cocina, atrancando la puerta. La niña grita, pero el ruido no llega hasta el exterior. Al no conseguir que la víctima se someta, Alessandro la amordaza y esgrime un puñal. María se pone a temblar pero no sucumbe. Furioso, el joven intenta con violencia arrancarle la ropa, pero María se deshace de la mordaza y grita:
-No hagas eso, que es pecado... Irás al infierno.
Poco cuidadoso del juicio de Dios, el desgraciado levanta el arma:
-Si no te dejas, te mato.
Ante aquella resistencia, la atraviesa a cuchilladas. La niña se pone a gritar:
-¡Dios mío! ¡Mamá!, y cae al suelo.
Creyéndola muerta, el asesino tira el cuchillo y abre la puerta para huir, pero, al oírla gemir de nuevo, vuelve sobre sus pasos, recoge el arma y la traspasa otra vez de parte a parte; después, sube a encerrarse a su habitación.
María recibió catorce heridas graves y quedó inconsciente. Al recobrar el conocimiento, llama al señor Serenelli: -¡Giovanni! Alessandro me ha matado... Venga. Casi al mismo tiempo, despertada por el ruido, Teresina lanza un grito estridente, que su madre oye. Asustada, le dice a su hijo Mariano: -Corre a buscar a María; dile que Teresina la llama.
En aquel momento, Giovanni Serenelli sube las escaleras y, al ver el horrible espectáculo que se presenta ante sus ojos, exclama: -¡Assunta, y tú también, Mario, venid! . Mario Cimarelli, un jornalero de la granja, trepa por la escalera a toda prisa. La madre llega también: -¡Mamá!, gime María. -¡Es Alessandro, que quería hacerme daño! Llaman al médico ya los guardias, que llegan a tiempo para impedir que los vecinos, muy excitados, den muerte a Alessandro en el acto.
Sufrimiento redentor
Al llegar al hospital, los médicos se sorprendieron de que la niña todavía no haya sucumbido a sus heridas, pues ha sido alcanzado el pericardio, el corazón, el pulmón izquierdo, el diafragma y el intestino. Al diagnosticar que no tiene cura, llamaron al capellán. María se confiesa con toda claridad. Luego, durante dos horas, los médicos la cuidaron sin dormirla.
María no se lamenta, y no deja de rezar y de ofrecer sus sufrimientos a la santísima Virgen, Madre de los Dolores. Su madre consiguió que le permitan permanecer a la cabecera de la cama. María aún tiene fuerzas para consolarla: -Mamá, querida mamá, ahora estoy bien... ¿Cómo están mis hermanos y hermanas?
En un momento, María le dice a su mamá: -Mamá, dame una gota de agua. -Mi pobre María, el médico no quiere, porque sería peor para ti. Extrañada, María sigue diciendo:
-¿Cómo es posible que no pueda beber ni una gota de agua? Luego, dirige la mirada sobre Jesús crucificado, que también había dicho ¡Tengo sed!, y entendió.
El sacerdote también está a su lado, asistiéndola paternalmente. En el momento de darle la Sagrada Comunión, le preguntó: -María, ¿perdonas de todo corazón a tu asesino? Ella le respondió: -Sí, lo perdono por el amor de Jesús, y quiero que él también venga conmigo al paraíso. Quiero que esté a mi lado... Que Dios lo perdone, porque yo ya lo he perdonado.
Pasando por momentos análogos por los que pasó el Señor Jesús en la Cruz, María recibió la Eucaristía y la Extremaunción, serena, tranquila, humilde en el heroísmo de su victoria.
Después de breves momentos, se le escucha decir: "Papá". Finalmente, María entra en la gloria inmensa de la Comunión con Dios Amor. Es el día 6 de julio de 1902, a las tres de la tarde.
La conversión de Alessandro
En el juicio, Alessandro, aconsejado por su abogado, confesó: -"Me gustaba. La provoqué dos veces al mal, pero no pude conseguir nada. Despechado, preparé el puñal que debía utilizar". Por ello, fue condenado a 30 años de trabajos forzados. Aparentaba no sentir ningún remordimiento del crimen tanto así que a veces se le escuchaba gritar:
-"¡Anímate, Serenelli, dentro de veintinueve años y seis meses serás un burgués!". Sin embargo, unos años más tarde, Mons. Blandini, Obispo de la diócesis donde está la prisión, decide visitar al asesino para encaminarlo al arrepentimiento. -"Está perdiendo el tiempo, monseñor -afirma el carcelero-, ¡es un duro!"
Alessandro recibió al obispo refunfuñando, pero ante el recuerdo de María, de su heroico perdón, de la bondad y de la misericordia infinitas de Dios, se deja alcanzar por la gracia. Después de salir el Prelado, llora en la soledad de la celda, ante la estupefacción de los carceleros.
Después de tener un sueño donde se le apareció María, vestida de blanco en los jardines del paraíso, Alessandro, muy cuestionado, escribió a Mons. Blandino: "Lamento sobre todo el crimen que cometí porque soy consciente de haberle quitado la vida a una pobre niña inocente que, hasta el último momento, quiso salvar su honor, sacrificándose antes que ceder a mi criminal voluntad. Pido perdón a Dios públicamente, ya la pobre familia, por el enorme crimen que cometí. Confío obtener también yo el perdón, como tantos otros en la tierra". Su sincero arrepentimiento y su buena conducta en el penal le devuelven la libertad cuatro años antes de la expiración de la pena. Después, ocupará el puesto de hortelano en un convento de capuchinos, mostrando una conducta ejemplar, y será admitido en la orden tercera de san Francisco.
Gracias a su buena disposición, Alessandro fue llamado como testigo en el proceso de beatificación de María. Resultó algo muy delicado y penoso para él, pero confesó: "Debo reparación, y debo hacer todo lo que esté en mi mano para su glorificación. Toda la culpa es mía. Me dejé llevar por la brutal pasión. Ella es una santa, una verdadera mártir. Es una de las primeras en el paraíso, después de lo que tuvo que sufrir por mi causa".
En la Navidad de 1937, Alessandro se dirigió a Corinaldo, lugar donde Assunta Goretti se había retirado con sus hijos. Lo hace simplemente para hacer reparación y pedir perdón a la madre de su víctima. Nada más llegar ante ella, le pregunta llorando. -"Assunta, ¿puede perdonarme? -Si María te perdonó -balbucea-, ¿cómo no voy a perdonarte yo?" El mismo día de Navidad, los habitantes de Corinaldo se ven sorprendidos y emocionados al ver aproximarse a la mesa de la Eucaristía, uno junto a otro, a Alessandro y Assunta.
Laura Vicuña: Santa Adolescente

Beata Laura Vicuña
La hija que ofreció la vida por salvar a la madre.
Nació en Santiago de Chile, el 5 de abril de 1891 y murió en Argentina el 22 de enero de 1904, a la edad de sólo 13 años. El Papa Juan Pablo II la beatificó el 3 de septiembre de 1988.
Su padre es un alto militar y jefe político de Chile. Una revolución derroca al gobierno y la familia Vicuña tiene que salir huyendo, desterrados a 500 kilómetros de la capital. Allá muere el papá y la familia queda en la miseria. Laura tiene apenas dos años cuando queda huérfana de padre.
La mamá, con sus dos hijas, Laura y Julia, emprende un larguísimo viaje de ocho meses hacia las pampas de Argentina. Allá encuentra un ganadero brutal y matón, y movida por su gran miseria, la pobre Mercedes se va a vivir con él en unión libre. El hombre se llamaba Manuel Mora.
En 1900 Laura es internada en el colegio de las Hermanas Salesianas de María Auxiliadora en el colegio de Junín de los Andes.
Allí, en clase de religión, al oír que la profesora dice que a Dios le disgustan mucho los que viven en unión libre, sin casarse, la niña cae desmayada de espanto. En la próxima clase de religión, cuando la religiosa empieza a hablar otra vez de unión libre, la niña empieza a palidecer. La profesora cambia de tema pero consulta el caso con la hermana directora del colegio: "¿Por qué será que Laura Vicuña se asusta tanto cuando se habla del pecado que es el vivir en unión libre?". La superiora le aconseja: "Vuelva a tratar de ese tema, y si ve que la niña se asusta, cambie de tema". Así lo hace.
Laurita se ha dado cuenta de un gravísimo mal: su madre, el ser que ella más ama en el mundo, después de Dios y la Virgen, su mamá Mercedes, vive en pecado mortal y está en grave peligro de condenación eterna. ¡Es terrible!.
Y Laura hace un plan: ofrecerá su vida a Dios, con tal de que la mamá abandone a ese hombre con el cual vive en pecado. Comunica el plan al confesor, el Padre Crestanello, salesiano. El le dice: "Mira que eso es muy serio. Dios puede aceptarte tu propuesta y te puede llegar la muerte muy pronto". Pero la niña está resuelta a salvar el alma de la mamá a cualquier costo, y ofrece su vida al Señor Dios, en sacrificio para salvar el alma de la propia madre.
En el colegio es admirada por las demás alumnas como la mejor compañera, la más amable y servicial. Las superioras se quedan maravilladas de su obediencia y del enorme amor que siente por Jesús Sacramentado y por María Auxiliadora.
El día de su primera comunión ofrece su vida en sacrificio a Jesús, y al ser admitida como "Hija de María", consagra su pureza a la Sma. Virgen María.
Va a pasar vacaciones a donde vive su madre. Manuel Mora trata de irrespetarla pero ella no lo permite. Prefiere ser abofeteada y azotada brutalmente por él pero no admite ningún irrespeto a su virtud. Manuel aprende a respetarla.
En una gran inundación que invade el colegio, Laura por salvar la vida de las más pequeñas, pasa largas horas de la noche entre las friísimas aguas sacando niñas en peligro, y adquiere una dolorosa enfermedad en los riñones. Dios empieza a aceptar el sacrificio que le ofreció por salvar el alma de su mamá.
Laura empieza a palidecer y a debilitarse. Siente enorme tristeza al oír de los superiores que no la podrán aceptar como religiosa porque su madre vive en concubinato. Sigue orando por ella. Cae a cama. Dolores intensísimos. Vómitos continuos. Se retuerce del dolor. La vida de Laura se está apagando. "Señor: que yo sufre todo lo que a Ti te parezca bien, pero que mi madre se convierta y se salve".
Va a entrar en agonía. La madre se acerca. "Mamá, desde hace dos años ofrecí mi vida a Dios en sacrificio para obtener que tu no vivas más en unión libre. Que te separes de ese hombre y vivas santamente". Mamá: ¿antes de morir tendré la alegría de que te arrepientas, y le pidas perdón a Dios y empieces a vivir santamente?
"¡Ay hija mía! Exclama doña Mercedes llorando, ¿entonces yo soy la causa de tu enfermedad y de tu muerte? Pobre de mí ¡Oh Laurita, qué amor tan grande has tenido hacia mí! Te lo juro ahora mismo. Desde hoy ya nunca volveré a vivir con ese hombre. Dios es testigo de mi promesa. Estoy arrepentida. Desde hoy cambiará mi vida".
Laura manda llamar al Padre Confesor. "Padre, mi mamá promete solemnemente a Dios abandonar desde hoy mismo a aquel hombre". Madre e hija se abrazan llorando.
Desde aquel momento el rostro de Laura se torna sereno y alegre. Siente que ya nada le retiene en esta tierra. La Divina Misericordia ha triunfado en el corazón de su amadísma mamacita. Su misión en este mundo ya está cumplida. Dios la llama al Paraíso.
Recibe la unción de los enfermos y su última comunión. Besa repetidamente el crucifijo. A su amiga que reza junto a su lecho de moribunda le dice: ¡Que contenta se siente el alma a la hora de la muerte, cuando se ama a Jesucristo y a María Santísima!.
Lanza una última mirada a la imagen que está frente a su cama y exclama: "Gracias Jesús, gracias María", y muere dulcemente. Era el 22 de enero de 1904. Iba a cumplir los 13 años.
La madre tuvo que cambiarse de nombre y salir disfrazada de aquella región para verse libre del hombre que la perseguía. Y el resto de su vida llevó una vida santa.
Laura Vicuña ha hecho muchos milagros a los que le piden que rece por ellos ante Nuestro Señor. Y el Papa Juan Pablo II la declaró Beata en 1988.
Señor Jesús: Tú que concediste a Laura Vicuña la gracia de ofrecer su vida por la salvación del alma de su propia madre, concédenos también a todos nosotros la gracia de obtener buenas obras, la conversión y salvación de muchos pecadores. Amén.
Biografia de San Damian de Molokai

Para los católicos, el Padre Damián es el patrón espiritual de los leprosos, marginados, incluyendo a los enfermos de sida, y del Estado de Hawái. El día del Padre Damián es celebrado cada año el 15 de abril en Hawái.
El día de fiesta en conmemoración del Padre Damián en la Iglesia católica se realiza el día 10 de mayo. Fue beatificado en 1995 y canonizado el 11 de octubre de 2009.
El 1 de diciembre de 2005 el Padre Damián fue elegido el belga más grande de todos los tiempos por la televisión abierta flamenca (VRT).
Contenido [ocultar]
1 Biografía
1.1 Infancia
1.2 Misionero en Hawái
1.3 Colonia de la muerte
1.4 Orden de Kalākaua
1.5 Muerte
2 Repercusiones
2.1 Robert Louis Stevenson
2.2 Mahatma Gandhi
3 Canonización
4 Referencias
5 Enlaces externo
Casa donde nació.
Damián nació en Tremeloo, Bélgica, de una pareja de granjeros. Estudió en un colegio católico, luego entró en el noviciado de la Congregación de los Sagrados Corazones (también conocida como Picpus, por el nombre de la calle de París donde se inició). Siguiendo los pasos de su hermano Augusto, quien adoptó en la congregación el nombre de Pánfilo, José (Jozef) comenzó su noviciado en Lovaina (Leuven) con el nombre de Damián el 2 de febrero de 1859. En 1863, su hermano Augusto, quien había sido destinado a la misión en las islas Hawái, fue afectado por el tifo lo que le imposibilitó viajar. Damián obtuvo el permiso del Superior General de París para reemplazarlo. En octubre de 1863, Damián partió desde Bremen (Alemania) en barco hacia Honolulú.
Misionero en Hawái
El 19 de marzo de 1864 llegó al puerto de Honolulú, en el interior de la ciudad de Honolulú como misionero. Allí, Damián fue ordenado sacerdote el 24 de marzo de 1864 en la Catedral de Nuestra Señora de la Paz, una iglesia establecida por su Orden Religiosa. Trabajó en varias parroquias en la isla de Oahu en el tiempo en que el reino sufría una crisis de salud.
Los nativos hawaianos se vieron afectados por enfermedades que, inadvertidamente trajeron los comerciantes mercantes. Miles murieron por la gripe y la sífilis, y por otras enfermedades que nunca antes habían afectado a los hawaianos. Esto incluyó la plaga de la lepra. Temeroso de que se esparciera la plaga, el rey Kamehameha IV segregó a los leprosos del reino trasladándolos a una colonia establecida para ellos en el Norte, en la isla de Molokai. La “Royal Board of Health” los proveyó con suministros y comida, pero no tenían todavía los medios apropiados para ayudar médicamente. En 1865 el Padre Damián fue asignado a la Misión Católica en el Norte de Kohala en la misma isla de Hawái. Mientras que monseñor Louis Maigret, vicario apostólico, creía que los leprosos necesitaban por lo menos un sacerdote que pudiera cubrir sus necesidades religiosas y proveerlos con los Santos Sacramentos, él sabía que tal asignación podía ser potencialmente una sentencia de muerte. Después de pensarlo durante un tiempo, el Padre Damián solicitó a Monseñor Maigret permiso para ir a Molokai.
Colonia de la muerte
A comienzos de 1866, fueron embarcadas las primeras víctimas de lepra a Kalaupapa, donde residieron durante siete años antes del arribo del Padre Damián, el 10 de mayo de 1873. El obispo Maigret presentó a Damián a los colonos como "uno que será un padre para ustedes, y que los ama de tal manera que no tiene vacilaciones en volverse uno de ustedes; vivir y morir con ustedes". El lugar estaba rodeado de montañas. Había seiscientos leprosos viviendo en Kalaupapa. La primera misión que se impuso Damián fue construir una iglesia y establecer una parroquia de Santa Filomena.
Sociólogos argumentaron ante la Curia Romana, en el procedimiento para la santidad, que Damián fue enviado a una “colonia de la muerte” donde la gente se veía forzada a pelear unos contra otros para lograr sobrevivir. El reino no planeó que el lugar se convirtiera en esta “colonia de la muerte”, pero el gobierno fue negligente en proveer recursos y apoyo médico, ayudando así a crear el caos en el lugar. La llegada de Damián se ve como un punto de inflexión para la comunidad. Bajo su liderazgo, las leyes básicas se restablecieron, se volvieron a pintar las casas, a trabajar en las granjas y se convirtieron algunas de ellas en colegios.
Orden de Kalākaua
El rey David Kalākaua de Hawái invistió a Damián con el honor de Caballero Comandante de la Real Orden de Kalākaua (Knight Commander of the Royal Order of Kalākaua). Cuando la princesa Lydia Liliʻuokalani visitó el establecimiento para entregar la medalla, las crónicas reflejan que se conmovió de tal manera, y sintió como si se le rompiera el corazón por lo que le resultó imposible leer su discurso. La princesa compartió esta experiencia con el mundo aclamando los esfuerzos del Padre Damián. Consecuentemente, el nombre de Damián y su trabajo fueron conocidos en los Estados Unidos y en Europa. Protestantes americanos juntaron una gran suma de dinero para la misión. La Iglesia de Inglaterra envió comida, medicina, ropas y suministros. Se cree que el Padre Damián nunca usó la medalla que le otorgaron.
Según recogen los diarios, en diciembre de 1884 Damián se dirigió a su ritual matutino de introducir sus pies en agua hirviendo. Él no podía sentir el calor: se había contagiado con la lepra. A pesar del descubrimiento, los residentes señalan que el Padre trabajó incansable construyendo cuantas casas pudo y planificó la continuación del programa que había creado para cuando él se hubiera ido. La muerte le llegaría 5 años después, en 1889. Tenía 49 años.
Repercusiones
Robert Louis Stevenson: El escritor escocés Robert Louis Stevenson publicó una carta abierta1 en Sídney, Australia, el 25 de febrero de 1890, contra el reverendo Dr. C. M. Hyde, de Honolulú, en Hawái, a raíz de la opinión sustentada por el religioso presbiteriano, quien lanzó poco después de la muerte del Padre Damián opiniones desacreditadoras contra el misionero belga. Esta Carta abierta, que recorrió el mundo, sentó las bases de su fama internacional en el mundo angloparlante.
Mahatma Gandhi
Mahatma Gandhi ofreció su propia defensa a la obra y el trabajo del Padre Damián. Gandhi declaró que Damián había sido una inspiración para sus campañas sociales en la India, logrando la libertad de su pueblo y asegurando la ayuda para con los necesitados. Gandhi escribió, "El mundo politizado y amarillista puede tener muy pocos héroes que se puedan comparar con el Padre Damián de Molokai. Es importante que se investigue por las fuentes de tal heroísmo".
Gandhi había dicho que el mundo cuenta con pocos héroes comparables al padre Damián de Molokai. Bélgica, su país, lo ha proclamado como el más grande de su historia.
Canonización
Refiriéndose al santo apóstol de los leprosos el Papa ha recordado, en flamenco, a este servidor de la Palabra y misionero que culminó su apostolado en la caridad, en la isla hawaiana de Molokai. Luego, en francés, ha señalado que esta canonización coincide con el 20 aniversario de otro santo belga, el hermano Mutien-Marie, por lo que la Iglesia en Bélgica se une nuevamente en acción de gracias a Dios:
«...Siguiendo a san Pablo, san Damián nos impulsa a elegir las buenas batallas (cf 1 Tim 1,18). No aquellas que llevan a la división, sino las que unen. Nos invita a abrir los ojos sobre las lepras que, aún hoy, desfiguran la humanidad de nuestros hermanos y que apelan más que a nuestra generosidad, a la caridad de nuestra presencia de servicio...»
Homilía de Benedicto XVI el día de su canonización.2
Referencias
↑ «Página/12 :: Contratapa :: Stevenson y el otro Mr. Hyde».
↑ Canonización de cinco Beatos: el Papa exhorta a dar gracias al Señor por el don de la santidad que hoy resplandece en la Iglesia con singular belleza [1]
[editar]Enlaces externos
Wikimedia Commons alberga contenido multimedia sobre Damián de Molokai.
Película: MOLOKAI - La Historia del Padre Damián de Molokai, Apóstol de los leprosos http://www.youtube.com/playlist?list=PLBE5E9D8EF28AF570
Biografía de San Damián de Molokai
Colegio Padre Damián Sagrados Corazones de Barcelona.
PADRE DAMIAN: PROFETA DE LOS LEPROSOS
MONSEÑOR JOSEFINO RAMIREZ: SAN DAMIÁN DE MOLOKAI Y SU AMOR EUCARÍSTICO...
Querido padre Tomás
Hoy todo el mundo sabe que el padre Damián será beatificado por su labor con los leprosos. Lo que el mundo desconoce es la devoción que él tenía al Santísimo Sacramento, de donde obtenía la fuerza para trabajar con los leprosos.
El padre Damián se ofreció para ir a la isla de Molokai, donde los leprosos eran condenados al destierro tanto por sus familias como por sus amigos, ya que la enfermedad es contagiosa y, en esa época, incurable. Después de cierto tiempo de estar ahí, un amigo del padre Damián le escribió una carta preguntándole como era capaz de quedarse tanto tiempo entre los leprosos. Él le contestó: “Sin mi hora santa diaria en presencia del Santísimo Sacramento, no hubiera sido capaz de quedarme ni un solo día en este lugar”.
Cuando el padre Damián llegó, los leprosos no se percataron de su llegada. Ellos vivían en una continua intoxicación alcohólica y orgía sexual, para tratar de olvidarse de la descomposición de sus cuerpos por la lepra que los condenaba a una vida relegada y a la muerte sin consuelo.
Lo primero que hizo el padre Damián fue construir una Capilla hacia donde llevó a cada uno de los leprosos, repitiéndoles una y otra vez la escena del evangelio: “Se le acerca un leproso suplicándole y puesto de rodillas le dice: si quieres puedes limpiarme. Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio. Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio (Mc 1,40-42).
Jesús extendió su mano y tocó a cada uno haciéndolo sanos con su amor y devolviéndoles su inocencia con su sangre. Una inocencia recuperada es más festiva a los ojos de Dios que la inocencia nunca perdida.
Todavía tenían sus cuerpos enfermos, pero ya no tenía importancia. Sus almas habían quedado limpias con la inocencia de su sangre. Ellos ya no necesitaban emborracharse porque se embriagaron con su Amor. El sexo no era más una necesidad imperiosa porque ellos tenían la amistad de su Corazón.
San Francisco de Asís besó a un leproso. Por la gracia de Dios también curó a uno que lleno de dolor insultaba a todos los que trataban de ayudarlo. Insultó también a San Francisco que fue ante el Santísimo Sacramento para orar. Cuando volvió le dijo: “Haré lo que me pidas”. El leprosos le contestó: “quiero que me laves todo, porque huelo tan mal que ni yo mismo lo puedo soportar”.
Sin vacilar, San Francisco pidió que le trajeran agua caliente con hierbas aromáticas. A medida que iba lavando al hombre su carne podrida iba recobrando su color natural y finalmente el leproso quedó curado.
A San Francisco le llaman el tonto de Dios porque todo lo que hizo fue por amor a Dios. Pero mucho más tonta es la locura de amor del Santísimo Sacramento que Jesús hace por nosotros. Allí el Señor lava nuestras almas, no con agua, sino con su preciosísima sangre. Allí quedamos limpios de la podredumbre del pecado y del amor propio.
En cada Hora Santa que hacemos, él extiende su mano y nos toca. Cuanto más enfermos estamos, más compasión nos tiene. Cuanto más sucios nos sentimos, más es su deseo de limpiar nuestra impureza.
El padre Damián organizó la adoración perpetua en la Capilla que construyó. Algunas de las meditaciones jamás escritas salieron de los labios de estos leprosos cuando estaban en adoración. El padre Damián las escribía y las mandaba a sus amigos en Bélgica y Holanda. La inspiración radica en la pureza de su simplicidad.
Un leproso pasaba la Hora Santa entera describiéndole a Jesús lo que más le gustaba, como el sonido de las olas, el azul del océano y la puesta del sol. Solo un hombre se ofreció como voluntario para ayudar al padre Damián, se llamaba Dutton que era agnóstico y veía al padre Damián solo desde el punto de vista humanitario.
Un día Dutton necesitaba hablar con el padre y no lo encontraba por ninguna parte. Por último llegó a la Capilla donde lo encontró transfigurado, haciendo su Hora Santa diaria. Dutton llegó a la conclusión de que Jesús mismo debía estar presente en el Santísimo Sacramento para que un hombre tan ocupado y dedicado, como el padre Damián reservara una hora todos los días para pasarla en la Capilla. Dutton se convirtió al catolicismo y está abierta su causa de beatificación.
Así como la gota de agua es purificada y transformada por el vino que se convierte en la preciosísima sangre de Cristo, cuando se pronuncian las palabras de la consagración en la Misa, así también cada uno de nosotros cada vez que nos acercamos a su Divina Presencia, quedamos purificados y transformados por el contacto de su Amor y el poder de su Gracia.
Fraternalmente tuyo en su Amor Eucarístico.
Mons. Josefino Ramirez
miércoles, 28 de marzo de 2012
ESCENAS DEL VIA CRUCIS


Jesús está en el más humano de los lugares. Ya ha experimentado una profunda solidaridad con tantas personas de este mundo, al ser golpeado y torturado. Ahora es injustamente condenado a la pena de muerte. Su compromiso de entrar completamente en nuestras vidas inicia su etapa final. Ha dicho “sí” a Dios y ha puesto su vida en manos de Dios. Le seguimos durante esta entrega final, y contemplamos reverentes cada lugar del camino, mientras es destrozado y entregado por nosotros.Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.
Mientras observo la escena, me conmuevo de ultraje y gratitud. Veo a Jesús. Su rostro. La corona de espinas. Su ropa está adherida a las llagas de su espalda. Pilatos se lava las manos de todo el asunto. Las manos de Jesús están atadas a su espalda.
Esto es por mí. Para que yo pueda ser libre. Para que yo pueda alcanzar la vida eterna. Al comenzar el recorrido pido estar con Jesús. Seguirle en su camino. Expreso mi amor y mi gratitud.
Jesús es obligado a cargar la cruz en la que va a morir. La cruz representa el peso de todas nuestras cruces. ¡Lo que Jesús debe haber experimentado al sentir ese peso sobre sus hombros! Con cada paso penetra más profundamente en nuestra experiencia humana. Va recorriendo el camino de la miseria y el sufrimiento humanos, agobiado por ese peso tremendo.
Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.
Contemplo el madero de la cruz. Me imagino cuán pesado debe ser. Reflexiono sobre lo que significa la carga que lleva Jesús. Veo sus ojos. Lo dicen todo.
Todo esto es por mí. Para que pueda acompañarle en su camino. En su angustia. En su libertad y entrega. En el amor que llena su corazón.
Con dolor y gratitud, prosigo el recorrido. Conmovido por el poder de su amor, me acerco más a él y expreso mi amor con mis propias palabras.
El peso es insoportable. Jesús cae agobiado. ¿Cómo hubiera podido entrar tan completamente en nuestras vidas sin entregarse al opresivo peso de la vida de tantas personas de este mundo? Postrado sobre el camino, conoce la experiencia de la debilidad que se siente bajo el peso de las cargas injustas. Siente la impotencia de preguntarse si podrá continuar. Lo levantan y es obligado a seguir adelante.
Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.
Acepto su amor
y expreso mi gratitud
Observo la debilidad que hay en sus ojos. Puedo ver todo su cuerpo y observar el agotamiento. Cuando le observo derribado, rudamente levantado, comprendo de una vez por todas que Jesús conoce mi cansancio y mis derrotas.
Esto es por mí. Con dolor y gratitud quiero dejarle quedarse allí. Cuando le veo levantarse una y otra vez, recuperándose interiormente, acepto su amor y expreso mi gratitud.


Jesús llega hasta a experimentar nuestra lucha por recibir ayuda. Tiene que experimentar la pobreza de no poder llevar su carga por sí mismo. Pasa por la experiencia de todos aquellos que deben depender de otros para sobrevivir. Se ve privado de la satisfacción de llevar esta carga por sí solo.
Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu cruz has redimido al mundo.
Observo su rostro y contemplo su lucha interna. Su agotamiento y su fragilidad. Su impotencia. Observo como mira a Simón, con tanta humildad y gratitud.
Digo lo que hay en mi corazón,
Con sentimiento profundo.
Esto es por mí. Por eso siento angustia y gratitud. Expreso mi agradecimiento porque él haya podido continuar su jornada. Porque recibe ayuda. Porque sabe que yo solo no puedo llevar mi carga.
Digo lo que hay en mi corazón, con sentimiento profundo.
La jornada de Jesús es a veces brutal. Está pasando por las terribles experiencias de rechazo e injusticia. Ha sido azotado y golpeado. Su rostro muestra las señales de su solidaridad con todos los que han sufrido injusticia y trato abusivo, vil. Se encuentra con una discípula compasiva y amorosa quien limpia el vulgar escupitajo y la triste sangre de su rostro. En su velo, ella descubre la imagen de su rostro – es su regalo. Para que nosotros lo contemplemos por siempre.
Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.
Veo la profundidad
de su sufrimiento
en solidaridad con la carne.
¿Qué me dice el rostro de Jesús? ¿Qué es lo que veo, cuando observo detenidamente su rostro? ¿Acaso puedo tratar de consolar la agonía y el dolor? ¿Acaso puedo abrazarle, con su rostro cubierto por su Pasión?
El velo que contemplo es el verdadero icono del regalo de sí. Esto es para mí. Maravillado y atónito, observo su rostro ahora limpio, y veo la profundidad de su sufrimiento en solidaridad con la carne.

A pesar de la ayuda, Jesús tropieza y cae nuevamente. Con profundo agotamiento observa la tierra en que se apoya. “Recuerda que eres polvo y al polvo retornarás.” Jesús ha visto la muerte anteriormente. Ahora puede sentir la profunda debilidad de la invalidez, la enfermedad y la vejez, allí, de rodillas, bajo el peso de su cruz.
Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.
Contemplo a Jesús en medio de su profunda humillación. Le observo tumbado sobre la tierra, con los estragos de la agonía, y mi corazón sale a su encuentro. Guardo su imagen en mi corazón, sabiendo que nunca más me sentiré solo o desamparado en mi sufrimiento y en cualquier humillación, por esta imagen de Jesús postrado sobre la tierra ante mí. Esto es para mí, por eso expreso los sentimientos de mi corazón.

Las mujeres de Jerusalén, y sus niños y niñas, vienen a consolarle y a darle gracias. Han visto su compasión y han aceptado sus palabras de curación y libertad. Jesús había roto los convencionalismos sociales y religiosos para establecer contacto con ellos. Ahora están aquí para apoyarle. Jesús siente la pena de ellos. Sufre, sabiendo que ya no puede ayudarles más en esta vida. Conoce el misterio de enfrentar la separación de la muerte.
Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.
Observo sus rostros, tan llenos de amor y gratitud, confusión y temor. Contemplo las palabras que deben haber intercambiado. Recuerdo el amor, la ternura, la compasión y la misericordia de Jesús hacia mí. Me coloco junto a estas mujeres y niños para darle mi apoyo.


Esta última caída es devastadora. Jesús apenas puede seguir hasta el final. Haciendo acopio de las fuerzas que le quedan, apoyado por su confianza en Dios, Jesús se desploma bajo el peso de la cruz. Sus verdugos lo miran como un hombre destrozado, patético, y sin embargo pagando un precio que merece. Le ayudan a levantarse para que pueda llegar a la colina de la crucifixión.
Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.
Hago una pausa para contemplarle postrado sobre la tierra. Su destrucción me sana. Su entrega me da vida. Hago una pausa para sentir y recibir cuán completamente me ama. Verdaderamente se ha vaciado por mí.
Mientras atesoro esta experiencia gratuita, expreso lo que siente mi corazón.
Parte de toda esta indignidad es ser crucificado desnudo. Jesús es despojado completamente de cualquier tipo de orgullo. Las heridas de su espalda se abren de nuevo. Experimenta la última vulnerabilidad de los indefensos. Ningún escudo le protege. Bajo las miradas que le escrutan, sus ojos se vuelven al cielo.
Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.
Hago una pausa para ver como le despojan de sus vestiduras. Contemplo todo lo que le quitan. Y cómo enfrenta la muerte en su desnudez. Reflexiono sobre todo lo que me ha revelado sobre sí. Sin reservas.
Cuando le observo en su humildad, sé que esto es por mí, y comparto mis sentimientos de gratitud.
Enormes clavos perforan sus pies y manos para fijarle a la cruz. Está sangrando mucho más.
Cuando levantan la cruz, el peso de su vida cuelga de esos clavos. Cada vez que trata de erguirse para respirar, se le escapa un poco más de vida.Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.
Me obligo a observar cómo los clavos perforan su carne. Y observo su rostro. Contemplo la totalidad de su entrada en nuestras vidas. ¿Acaso habrá algún dolor o agonía que él no pueda entender?
Esto es por mí. Jesús clavado en la cruz proclamando eternamente la libertad a los cautivos. ¡Cuánto dolor y gratitud llenan mi corazón!
Entre dos criminales, con un título burlón sobre su cabeza, con solamente María, Juan y María
Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.
Aquí estoy, al pie de la cruz, junto a toda la humanidad, contemplando nuestra salvación. Observo y escucho cuidadosamente todo lo que se dice.
Esto es por mí.
Clavado en la cruz para proclamar
eternamente la libertad a los cautivos.
¡Cuánto dolor y gratitud llenan mi corazón!
Y luego, veo pasar de la vida a la muerte a aquél que me da vida. Trato de consolar a María, Juan y María Magdalena. Y dejo que me consuelen.
Ha llegado la hora de expresar mis sentimientos más profundos.
Llevan el cuerpo de Jesús al lugar de su descanso. La enorme piedra que sella la tumba es el signo final de la permanencia de la muerte. En este acto final d
e entrega, ¿quién se hubiera imaginado que esta tumba pronto estaría vacía o que Jesús se mostraría vivo a sus discípulos, o que le reconocerían al partir el pan? Oh, que nuestros corazones ardan dentro de nosotros, al comprender que tenía que sufrir y morir para entrar en su gloria, por nosotros.
Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.
Observo esta escena al pie de la cruz. Contemplo como María toca su cuerpo, acariciándolo. Recuerdo a todos los que Jesús tocó con sus manos, a todos los que bendijo con su cálido abrazo. Hago una pausa para asimilar todo esto. Jesús conoce el misterio de la muerte. Ha caído en las manos de Dios.
Por mí. Para que yo pueda amar como he sido amado. Entrego mi corazón al Dios de toda misericordia.
Llevan el cuerpo de Jesús al l
ugar de su descanso. La enorme piedra que sella la tumba es el signo final de la permanencia de la muerte. En este acto final de entrega, ¿quién se hubiera imaginado que esta tumba pronto estaría vacía o que Jesús se mostraría vivo a sus discípulos, o que le reconocerían al partir el pan? Oh, que nuestros corazones ardan dentro de nosotros, al comprender que tenía que sufrir y morir para entrar en su gloria, por nosotros.Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, ya que por tu santa cruz has redimido al mundo.
Me detengo un instante a la entrada de la tumba. Este viaje final de su vida me ha enseñado el significado de este regalo suyo para mí. Esta tumba representa todas las tumbas que veo con temor, derrotado, luchando por creer que llegue a estar vacía.
En la plenitud de la fe en el Resucitado, concedida por su propio Espíritu Santo, expreso mi gratitud por este vía crucis. Le pido a Jesús, cuyas manos, pies y costado todavía llevan las señales de su viaje, que me conceda las gracias que necesito para tomar mi cruz y ser un sirviente de su misión.

A las etapas del viacrucis se le denominan estaciones y tradicionalmente se cuentan 14, aunque algunos añaden la Resurrección en último lugar
martes, 27 de marzo de 2012
LA PASCUA : JUDIAY CRISTIANA
LA PASCUA JUDÍA Y LA PASCUA CRISTIANA
PREPARÁNDONOS PARA CELEBRAR LA PASCUA
La Pascua judía. El nombre de Pascua deriva de la palabra hebrea Phase o Phazahah, y significa “paso” o “tránsito”, o más propiamente “salto”. El objeto principal de la Pascua judía fue conmemorar el “pasó” del Ángel exterminador por las casas de los egipcios, matando a sus primogénitos; pasando por alto, o “saltando”, y perdonando a los de los hebreos.
Refiriéndose a este “paso” del Ángel exterminador, dice el texto bíblico: Llamó Moisés a todos los ancianos de Israel, y les dijo: Id y tomad el animal por vuestras familias, e inmolad la Pascua,
Al propio tiempo que conmemora el paso del Ángel exterminador por las casas de los egipcios, la Pascua judía les recordaba a los hebreos la comida del Cordero, y el insigne beneficio de haber sido ellos librados de la esclavitud, “pasando” a pie enjuto el mar Rojo.
Este Cordero es el animal que en el versículo 21 del Éxodo, antes citado, les mandaba Moisés tomar a los hebreos, por familias, e inmolarlo para celebrar la Pascua, o “paso” del Ángel. De él habla minuciosamente’ el Éxodo en el capítulo XII, vers. 5, 6, 8, 9, 10, 11, 26 y 2.7.
Tales eran, en resumen, las ceremonias de la Pascua judía, y tales los sucesos que con ella conmemoraban. Todo en ella era figura de la Pascua cristiana. El Cordero pascual, especialmente, era una imagen tan viva y tan perfecta de Jesucristo, que los mismos Apóstoles la hicieron resaltar en sus escritos.
La Pascua cristiana. La Pascua cristiana, de la que la judía, como hemos ya dicho, era una mera figura, fue establecida, en los tiempos apostólicos, para conmemorar, según unos, la Pasión de Nuestro Señor, y según otros, su Resurrección. De todos los modos, hoy tiene por objeto celebrar el gran acontecimiento de la Resurrección de Jesucristo, que fue un “tránsito” glorioso de la muerte a la vida, después de haber pasado por el mar Rojo de la sangrienta Pasión.
La Pascua judía se celebraba el 14 del primer mes judío (el 14 de Nisán), día y mes que Jesucristo fué inmolado en la Cruz. Está demostrado que la muerte del Señor acaeció en viernes: el Viernes Santo, que nosotros festejamos. Desde el principio se suscitó entre los cristianos, a este respecto, una controversia, la “controversia pascual”, que tuvo su resonancia en todas las Iglesias. Disputaban entre ellas acerca del día en que debía celebrarse la Pascua. Las Iglesias de Asia fijaban la data de la Pascua, a’ la usanza judía, el 14 de Nisán, fuese cual fuese aquél el día de la semana; mientras Roma, y con ella casi todo el Occidente, la retardaba al domingo siguiente, precisamente para no coincidir con los judíos. De esta suerte, la Pascua era, para los unos, el aniversario de la Muerte del Señor, y para los otros, de su Resurrección. La cristiandad estaba, pues, frente a un grave conflicto litúrgico. Unos y otros invocaban en su favor la autoridad y la tradición apostólica: los asiáticos, la de San’ Felipe y San Juan, que vivieron y murieron entre ellos; los romanos, la de San Pedro. ¿Cuál de ellos triunfará?
Entre el Papa Aniceto (157-168) y San Policarpo, obispo de Esmirna, se plantea abiertamente la cuestión; pero nada se resuelve. El Papa Víctor I (190-198), la vuelve a encarar con ánimo de zanjarla, y, al efecto, invita a todas las Iglesias de Oriente y de Occidente a reunirse en sínodos para deliberar. Los occidentales abogaban, casi por unanimidad, por el uso romano; en cambio los asiáticos se aferraban a su tradición. El Papa, dispuesto a poner término al conflicto, separa a los hermanos de Asia de la comunión católica, y después de intervenciones conciliatorias por ambas partes, el Oriente y el Occidente convienen celebrar la Pascua en domingo, práctica que definitivamente quedó consagrada en el concilio de Nicea (2).

















